By Jorge Luis Borges, Anthony Kerrigan

The seventeen items in Ficciones reveal the whirlwind of Borges’s genius and replicate the precision and efficiency of his mind and inventiveness, his piercing irony, his skepticism, and his obsession with myth. Borges sends us on a trip right into a compelling, extraordinary, and profoundly resonant realm; we input the worried sphere of Pascal’s abyss, the surreal and literal labyrinth of books, and the iconography of everlasting go back. to go into the worlds in Ficciones is to go into the brain of Jorge Luis Borges, in which lies Heaven, Hell, and every thing in between.

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Después de un día bochornoso, una enorme tormenta colour pizarra había escondido el cielo. los angeles alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con l. a. tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por l. a. estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo los angeles bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: “¿Qué horas son, Ireneo? ”. Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: “Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco”. los angeles voz period aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado los angeles atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo neighborhood, y el deseo de mostrarse indiferente a los angeles réplica tripartita del otro. Me dijo que el muchacho del callejón period un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como l. a. de no darse con nadie y los angeles de saber siempre l. a. hora, como un reloj. Agregó que period hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre period un médico del saladero, un inglés O’Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a l. a. vuelta de los angeles quinta de los Laureles. Los años eighty five y 86 veraneamos en l. a. ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos. Pregunté, como es common, por todos los conocidos y, finalmente, por el “cronométrico Funes”. Me contestaron que lo había volteado un redomón en l. a. estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo los angeles impresión de incómoda magia que l. a. noticia me produjo: los angeles única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en los angeles higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a l. a. ventana. Llevaba l. a. soberbia hasta el punto de simular que period benéfico el golpe que lo había fulminado… Dos veces lo vi atrás de l. a. reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en los angeles contemplación de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el word list de Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de l. a. Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos.

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